Bangkok. Piso 28. Estoy parado frente a la ventana mirando el horizonte. El viento cálido me roza la cara.
Aparentemente, todo está bien. Pero por dentro me consume la ansiedad. El pecho se me aprieta como si me quedaran diez minutos de vida.
Y el problema es la laptop abierta.
Adentro hay un documento que tenía que entregar ayer. Abajo, la alberca en el rooftop donde hoy no nadé. En el calendario, una videollamada que empezó hace cuatro minutos sin mí.
Sé qué hacer. Lo sé con precisión de minutos. Abrir el documento. Terminar el párrafo. Conectarme a la llamada. Disculparme por llegar tarde.
No me muevo.
Llevo parado frente a la ventana tres horas.
En la cabeza me da vueltas una sola idea: «¿Qué me pasa?»
* * *
Si alguna vez te paraste así — no frente a una ventana en Bangkok, sino frente a la mesa de la cocina, frente a la laptop del trabajo, frente al coche en el estacionamiento — y no pudiste hacer lo que sabes hacer perfectamente bien — lee este libro hasta el final.
Durante mucho tiempo pensé que algo andaba mal conmigo. Que era flojo. Que no tenía fuerza de voluntad. Que necesitaba otro libro, otro curso, otro coach.
Me equivocaba en todo.
Ayer le mandé a mi mamá $4 000 USD (~68 000 MXN), así nomás, entre otras cosas. Hace un año pasaba semanas sin poder darle al botón de «enviar» a un cliente que me debía $3 000 USD (~51 000 MXN) a mí.
Entre esos dos momentos hay cuatro meses y una llamada.
Seis palabras de una persona a la que no llamaba desde hace ocho años.
Después de las cuales entendí: llevaba diez años peleando contra el enemigo equivocado...
* * *